Brasil en van: de Florianópolis a Río de Janeiro por la costa
2.200 kilómetros de Mata Atlántica, playas sin nombre, pueblos de pescadores y el descubrimiento de que Brasil es mucho más que lo que aparece en las postales.
(0)Brasil asusta un poco antes de entrar. El tamaño, el idioma, el tránsito, la diferencia cultural. Después de la primera semana adentro, nada de eso importa. Lo que importa es que no querés salir.
Esta ruta la hicimos en 18 días. Es mejorable. Pero da una idea de lo que hay.
La entrada desde Uruguay
El paso de Chuy / Chuí es el más fácil de los cruces del Río de la Plata para vehículos. Es un paso de frontera seca, continuo, con movimiento las 24 horas. El trámite migratorio es ágil; el del vehículo requiere el CRLV brasileño del propietario (o poder notarial si el auto no es a tu nombre) y el seguro obligatorio DPVAT.
El DPVAT se puede gestionar en línea antes de llegar o comprarlo en agentes del lado brasileño.
Pelotas y la transición
Pelotas es la primera ciudad grande después de la frontera y es, para el viajero rioplatense, el primer choque con el Brasil real: el calor, el português, los colores de la arquitectura, el ritmo de la vida que es simultáneamente más lento y más bullicioso.
El camping municipal de Pelotas, sobre el Canal São Gonçalo, es funcional y económico. Dos noches para recuperarse del viaje y ajustar la cabeza.
Porto Alegre y la Serra Gaúcha
Porto Alegre es una ciudad grande y vibrante que puede intimidar en rodante, pero tiene un secreto: el barrio Moinhos de Vento tiene algunas de las mejores panaderías y cafeterías del sur del país, y el mercado público central es uno de los mejores del Brasil.
De ahí hacia el interior: la Serra Gaúcha, con Gramado y Canela como íconos pero con docenas de pueblos de colonización italiana y alemana que tienen más encanto y menos turismo. La Rota Romântica que conecta estos pueblos fue diseñada para el turismo pero funciona perfectamente para un rodante.
Florianópolis: el vértice de la ruta
La Ilha de Santa Catarina tiene 42 playas. No todas son igual de accesibles para un vehículo grande, pero suficientes para que una semana se pase sin sentir.
Lo que la separa del turismo masivo: las playas del norte (Canasvieiras, Ingleses) son las más equipadas pero también las más llenas en temporada. Las del sur (Pântano do Sul, Solidão, Naufragados) requieren más esfuerzo pero recompensan con agua más limpia y silencio que en enero cuesta encontrar.
Para rodantes: el campsite de Lagoa do Peri, dentro del Parque Municipal, es el mejor de la isla. Arbolado, tranquilo, con acceso directo a la laguna de agua dulce y a la playa del Parque. Cupo limitado; llegar temprano.
La costa de Santa Catarina y Paraná
Entre Florianópolis y São Paulo hay 700 kilómetros de costa salpicados de tesoros que la mayoría de los turistas ignoran por ir directamente en avión a Río.
Bombinhas es el pueblo costero con el agua más transparente del sur de Brasil. Balneário Camboriú es el opuesto: rascacielos de vidrio frente al mar, movida nocturna intensa, exactamente lo que algunos buscan y otros evitan.
Paranaguá y el acceso en barca a Ilha do Mel: la isla no admite vehículos. Se llega en embarcación, se recorre a pie, se duerme en pousadas sin electricidad de red. Una noche es suficiente para entender por qué la gente vuelve.
São Paulo: rodearla, no cruzarla
São Paulo tiene 22 millones de personas y un sistema de restricción vehicular por patente que puede dejar tu vehículo varado en ciertos horarios y zonas. La recomendación para rodantes es clara: rodeala.
La Rodoanel —el anillo vial exterior— permite circunvalar la ciudad sin entrar al tránsito urbano. De Campinas al litoral hay autopistas bien señalizadas que se evitan el caos paulistano sin sacrificar tiempo real.
Río de Janeiro: el final que no decepciona
Llegar a Río en rodante tiene su logística: el tráfico es denso, los túneles tienen alturas mínimas que hay que revisar, y el estacionamiento en zonas turísticas es caro.
La solución que nos funcionó: el Camping Clube do Brasil en Morro do Leme, sobre la playa de Leme —contigua a Copacabana. Bien ubicado, aceptable en servicios, con guardia permanente. Desde ahí, el Metrô y el sistema de BRT llevan a cualquier punto de la ciudad.
Copacabana al amanecer, antes de que llegue la gente. El Pão de Açúcar a última hora de la tarde. La Lapa un jueves por la noche. La Floresta da Tijuca un día de semana.
Lo que Brasil confirma
Que el idioma no es una barrera sino una excusa. Que el español y el portugués se entienden con paciencia mutua mejor de lo que la distancia lingüística sugiere. Que la gente brasileña tiene una generosidad social que se contagia después de pocos días.
Y que 2.200 kilómetros de costa no son suficientes. Nunca lo son.
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