El día que un gaucho nos invitó a dormir en su campo
Estábamos buscando un lugar para parar la noche en el medio de la estepa entrerriana. Lo que pasó después es de esas historias que justifican todo el viaje.
(0)Eran las 7 de la tarde, el sol ya tocaba el horizonte de la estepa entrerriana, y nosotros llevábamos 40 minutos buscando un lugar para estacionar que no fuera la banquina de la ruta.
No había camping en 60 kilómetros. La municipalidad del pueblo más cercano ya estaba cerrada. El mapa no mostraba plazas ni parques razonables.
Fue entonces cuando el hombre apareció al costado del camino. Sesenta años, algunos más o menos, bombacha de campo, sombrero, mate en mano. Nos hizo señas de parar.
La conversación
"¿Están buscando dónde parar?" preguntó. No como pregunta: como afirmación de alguien que conoce el territorio y sabe lo que significa una casa rodante detenida al costado de su campo a esta hora.
"Sí", dije, con la mezcla de alivio y cautela que siempre aparece en estas situaciones.
"Entren. Tengo un galpón con luz y agua. El perro ladra pero no muerde."
Y fue todo. Sin papeleos, sin negociaciones, sin pedir nada a cambio. Don Alberto —así se presentó después— abrió el portón de su campo y nos señaló dónde estacionar.
La noche
Don Alberto volvió una hora después con un trozo de asado envuelto en papel de aluminio. "Quedó del mediodía", dijo, con ese pudor rural de quien hace un gesto grande y lo minimiza. Nos sentamos alrededor del fuego que habíamos encendido. Él cebó mate. Nosotros escuchamos.
Tenía 40 años en ese campo. Había nacido en la misma casa que habitaba, que era la misma en la que había muerto su padre. Sus hijos se habían ido a Paraná, a Rosario, a Buenos Aires. Él se quedó porque alguien tenía que quedarse.
No lo dijo con amargura. Lo dijo como quien enuncia un hecho de la naturaleza, como que llueve más en otoño o que el viento viene del norte en agosto.
"La gente que pasa por la ruta", dijo en un momento, "es lo mejor que tiene vivir acá. Siempre alguien con una historia diferente."
Lo que aprendí esa noche
La hospitalidad en el campo argentino no es un gesto calculado. Es una costumbre que viene de siglos de vida en lugares donde el viajero puede estar en problemas reales si no encuentra refugio.
Don Alberto no nos ayudó porque éramos simpáticos o porque le caímos bien. Nos ayudó porque así funciona ese código no escrito que todavía sobrevive en los márgenes de la ruta.
Al otro día, antes de salir, le dejamos una bolsa con cosas que teníamos de más: conservas, azúcar, una botella de aceite. Él la aceptó sin insistir en que no era necesario, que es la única manera correcta de aceptar un regalo de viajero.
"Buen viaje", dijo desde el portón.
"Gracias por todo", le dijimos.
"Para eso estamos", respondió. Y se dio vuelta hacia su campo.
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