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Ruta 40: el camino que te cambia para siempre

Recorrimos los 5.000 kilómetros de la mítica ruta argentina de norte a sur. Esto es lo que nos dejó.

NNacho Rodante14 de junio de 2026 9 min de lectura 0 comentarios
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Hay rutas que se manejan. Y hay rutas que te manejan a vos. La Ruta Nacional 40 pertenece sin duda a la segunda categoría.

La decidimos en un bar de Mendoza, casi sin pensarlo. Flor puso el dedo en el mapa: "De acá hasta Río Gallegos". Cuatro mil novecientos kilómetros. Dos meses. Un motor diesel que ya tenía 280.000 kilómetros en el cuentakilómetros y un optimismo que, a la vista de los hechos, era bastante infundado.

Los primeros días: el norte cuyana

Salimos de Mendoza un martes de octubre con el tanque lleno y las alforjas cargadas de yerba, aceite de motor y galletitas. El tramo inicial, entre Mendoza y San Rafael, es engañosamente cómodo: asfalto prolijo, paisaje de viñedos, temperatura agradable. Te hace creer que esto va a ser fácil.

No lo es.

En Malargüe empezó el viento. No el viento de la ciudad, ese que te mueve el pelo y te pone de buen humor. El viento patagónico, que llega de frente y te hace calcular si la casa rodante es más ancha o más alta, porque de eso depende si volcás o no. Paramos en una estación de servicio donde el playero nos miró con la mezcla de admiración y lástima que, con el tiempo, aprendimos a reconocer en cada pueblo de la Ruta 40.

"¿Van hasta el sur?" preguntó. "Hasta Gallegos", dije. Nos miró los neumáticos. Frunció el ceño.

El desierto de la Puna

El tramo entre Belén y Cachi es uno de los más brutales y más hermosos del país. La ruta gana altura despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que de repente estás a 4.000 metros y el sol pega diferente y el motor tiene un 30% menos de potencia y vos también. El paisaje es un delirio de colores: rojo, ocre, verde salvia, azul imposible del cielo. Las llamas te miran cruzar la ruta con la indiferencia de quien sabe que este territorio es suyo desde hace siglos.

Dormimos tres noches en la Puna. Sin señal, sin ruido, sin nada más que el viento y las estrellas. Esas noches te recalibran. Te hacen entender que el silencio no es ausencia de sonido; es una presencia propia.

La Patagonia: donde la ruta se pone seria

Después de Bariloche, la Ruta 40 abandona cualquier pretensión de ser cómoda. El ripio aparece sin aviso, los tramos sin carteles se multiplican, y el viento del oeste llega con una convicción que parece personal. Manejás con las dos manos, los hombros tensos, los ojos clavados en la banquina porque un error a 90 km/h sobre ripio suelto no tiene segunda oportunidad.

Pero entonces pasa algo. En algún punto entre Gobernador Costa y Bajo Caracoles —en el medio del mapa más vacío que hayas visto— el paisaje abre de una manera que no tiene descripción apropiada. La estepa se extiende hasta donde alcanza la vista, sin un árbol, sin un edificio, sin ninguna evidencia de que los humanos hayamos existido alguna vez. Y vos ahí, en tu cajita de chapa y vidrio, sintiéndote simultáneamente insignificante y completamente libre.

Eso es la Ruta 40. No es una road trip. Es un estado mental.

Lo que aprendimos

Después de 47 días y 4.920 kilómetros, llegamos a Río Gallegos con los frenos gastados, un paragolpes con tres abolladuras y la certeza de que nunca íbamos a ser las mismas personas que salieron de Mendoza.

La ruta te da tiempo. Tiempo para pensar, para hablar, para no hacer nada. En un mundo que premia la velocidad, manejar 300 kilómetros en un día y sentirte bien con eso es un acto casi revolucionario.

¿Lo volvería a hacer? Sin dudarlo. ¿Con el mismo motor? Probablemente no.


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