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Mecánica

Llegamos al Salar de Uyuni con el motor recalentado

A 3.600 metros de altura, con la aguja de temperatura al rojo y 80 km hasta el pueblo más cercano. Lo que aprendimos esa noche.

MMati14 de junio de 2026 7 min de lectura 0 comentarios
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Hay momentos en un viaje largo en los que entendés, con total claridad, lo que significa depender de una máquina.

Eran las 4 de la tarde, estábamos a 3.656 metros de altura en el altiplano boliviano, la temperatura exterior era de -2°C y la aguja de temperatura del motor estaba trepando hacia el rojo con una determinación que no auguraba nada bueno.

Cómo llegamos ahí

Habíamos salido de Potosí esa mañana con todo el entusiasmo del mundo. El Salar de Uyuni estaba a 200 kilómetros, el cielo era de ese azul imposible que solo existe a esta altitud, y la ruta —si se puede llamar ruta a una huella de tierra consolidada entre montañas— era moderadamente transitable.

Lo que no habíamos contemplado era que los 3.600 metros de altitud le roban al motor aproximadamente un 30% de su eficiencia. Ni que el radiador que "funcionaba bien" en Buenos Aires llevaba dos años con una pequeña pérdida que, a esta altitud y con estas exigencias, se había convertido en un problema real.

La aguja llegó al rojo. Apagué el motor.

Los siguientes 40 minutos

El silencio en el altiplano es físico. Apagás el motor y el mundo queda en una calma que en la ciudad nunca experimentás. Mi primera reacción fue pánico. La segunda, más útil, fue abrir el capó y esperar.

Regla número uno cuando el motor se recalienta: no abrir el radiador en caliente. Nunca. El agua a presión sale a 120°C y te quema la cara. Esperás. Te tomás un mate. Admirás el paisaje, que casualmente es uno de los más impresionantes del planeta.

Después de 40 minutos, con el motor frío, abrí el tapón del radiador con un trapo y encontré lo que esperaba: nivel bajo. Muy bajo.

El agua en el altiplano

Aquí viene el dato que no te dicen las guías de viaje: en el altiplano boliviano, el agua potable escasea y el agua para el radiador también. Tenía dos botellas de dos litros en la reserva de emergencia —algo que aprendí después de un susto menor en la Puna argentina. Alcanzó justo.

Cargué el radiador despacio, abrí el grifo de la calefacción para ayudar a disipar calor, y arranqué el motor con la calma forzada de quien sabe que la alternativa es dormir en el campo a -10°C.

Llegamos al Salar dos horas después, con la aguja en la mitad del indicador y una historia que contar.

Qué llevar siempre (en serio)

Después de esa experiencia, reorganicé mi kit de emergencias mecánicas. Lo básico que nunca debería faltar:

Dos litros de agua destilada para el radiador. Aceite de motor de la especificación correcta. Cinta de teflón y cinta americana. Fusibles de repuesto. Un multímetro básico. Número de asistencia mecánica con cobertura internacional si viajás fuera de Argentina.

Y sobre todo: la paciencia de esperar cuando el motor te pide que pares. La mecánica en ruta no es heroísmo. Es aceptar que la máquina tiene sus tiempos y respetarlos.

El Salar, por si les interesa, vale absolutamente cada complicación del camino.


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